Código 10-7


Hace poco iba hacia el Aeropuerto de Comalapa en El Salvador cuando vi los cuerpos de dos personas asesinadas en plena calle. El taxista que me llevaba anunció a su base el hecho con un código: había ocurrido un 10-7.

Varias cosas me vinieron a la mente en ese momento. Confieso que una de las primeras fue verificar si el atraso me haría perder el avión. A continuación me sentí culpable por ese pensamiento. Y me di cuenta de que no estaba espantado ante la visión de dos seres humanos asesinados. ¿Será que nos hemos acostumbrado a la violencia? Seguro que algo de eso hay.

alerta-10_7_2Después me llamó la atención que los taxistas tuvieran un código para el asesinato. Sabía que lo tienen para pedirle a la “base” el precio del trayecto. Sabía que “Nido” es el aeropuerto. Esos códigos son comprensibles porque pertenecen al día a día de su trabajo. ¿Por qué darle un código al asesinato? Desgraciadamente porque es parte del día a día de El Salvador.

Pero yo conozco otro El Salvador. Completamente distinto. Ese mismo día había estado en la ESEN, la Escuela Superior de Economía y Negocios patrocinada por la Familia Poma. Carmen Aída Lazo, la decana de la Facultad de Economía, había tenido la amabilidad de enseñarme las instalaciones de la Universidad. Me había quedado impresionado. No sólo por la calidad de sus instalaciones sino, sobretodo, por su filosofía de educación de excelencia y su empeño por brindar oportunidades a todo tipo de jóvenes de forma inclusiva.

Tengo el privilegio de colaborar con distintas familias empresarias salvadoreñas y todas se caracterizan por lo mismo: inteligencia, trabajo y rectitud. Casi todas podrían vivir en Miami y llevar sus negocios a distancia. Incluso podrían llevar sus operaciones fuera de El Salvador. No lo hacen. ¿Por qué? Porque son salvadoreños. A diario esas familias me enseñan trabajo y honestidad. Perseverancia sin alharacas. Resilencia. Emprendimiento empresarial y social.

Hacer negocios en Centroamérica no es fácil. Las décadas de los 80 y 90 fueron especialmente duras. Hoy, los mercados son pequeños y poco profundos. La globalización nos pone a competir con empresas con una enorme base de clientes nacionales sobre la que apalancarse. Las reglas de juego no siempre están claras. La violencia siempre es un riesgo y un sobrecosto. Pero los empresarios familiares se empeñan en impulsar sus negocios. No se rinden.

Cuando les pregunto por qué no viven en el extranjero muchos me contestan algo obvio: no me gusta vivir fuera, esta es mi tierra. Lo entiendo. Yo soy español. Pero América Central también es mi tierra. Por eso estoy aquí. Porque quiero.

 

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